Mi boca no se mueve.
Les he puesto candado a las palabras.
Necesito que nadie pregunte.
No quiero saber todavía
qué sucede, cómo estoy.
Quiero simplemente hacer
y anotar lo conseguido
con automática indiferencia.
Sólo hacer ya es un logro.
No voy a explicar por qué.
Quiero rodearme de rutinas,
las mismas de siempre,
acostumbrarme a ellas
en un tiempo distinto.
No puedo ni mirarme
porque sé
que aun no estoy conmigo.
Me observo, flotando
en ese tiempo distante de mí,
lleno de rutinas y candados:
No. No hay nada que conocer,
aún no. Aún estás sólo saliendo
de la angosta madriguera,
aún duele el aire. Aún
es una hazaña
tan sólo respirar…
¿Para qué intentar decir?
¿Para qué intentar saber?
Bien,
todo está bien, todo
está como debe estar:
revuelto, confuso, amenazante.
No preguntes.