Un pequeño copo de nieve, único, se ha escapado del cielo y ha ido a posarse sobre la punta de su nariz. La sorpresa del diminuto punto de frío le hace cruzar los ojos hacia allí. Observa su rápida transformación y trata de atraparlo con su lengua. ¿Dónde está? ¿Se ha ido? No queda ni un pequeño recuerdo de agua en sus papilas.
Mira hacia el cielo. Ve llegar otro pequeño copo desde las alturas. No tiene suficiente paciencia para esperarlo; salta. Aún está alto. Lo vigila y calcula. Salta mordiendo el aire, y lo atrapa. ¡Es mío! Pero, sigue sin saber qué es, a qué sabe, de dónde viene.
Huele el aire. Sólo huele a agua, a un agua aterida, contraída… Y se acuerda de sus patas, del ligero dolor que sus patas sienten ante el frío. Se sienta y las lame. Pero, otro copo se tumba junto a su patita. La adelanta y lo pisa. Y al querer verlo, la levanta y… ¡ya no está! Da vueltas alrededor buscándolo…
Mientras, tres, cuatro, diez copos se dejan caer sobre su pelo lanoso. Otros diez, once, treinta se abandonan sobre el suelo. Y uno, un único copo más grande, se coloca sobre su naricilla. Se queda quieto, mirando bizco hacia la maravilla, lo ve derretirse, nota el agua deslizarse hacia los lados, saca la lengua para recibirla… Y mueve la cola.