El viernes estaba paseando con Simba. Estábamos los dos solos en la calle cuando dos verderones empezaron a revolotear persiguiéndose el uno al otro, tan enfrascados que llegaron muy cerca de nosotros. Simba me miró con sus preciosos ojitos marrones, con expresión de sorpresa (creo que todavía no sabe muy bien qué son los pájaros; no sé si tiene una categoría «pájaros» en su cabecita canina), y yo le sonreí maravillada. Fue un espectáculo sólo para nosotros, nadie más lo vio.

Los verderones, chiquititos y verdes, se movían más como mariposas que como aves. Y no tuvieron casi en cuenta a la humana y al perro que inoportunamente estábamos allí.

Ya muchas veces me da la sensación de estar en un tiempo paralelo al del resto cuando paseo con Simba. Todos yendo y viniendo, y nosotros simplemente estando. Él olfateando o mirando; yo dejándole ser perro, mientras recupero mi afición a contemplar el cielo en sus infinitas versiones.

Pero formar parte de los acontecimientos de los pájaros… fue extraño.

Cada ser vivo tiene su punto de vista, ¿no? Su existencia, su devenir. Unos más breve que otros… Como seres humanos, nunca se nos ocurre pensar que ellos tienen su propio enfoque en lo que sucede. Posiblemente porque no hablan con palabras humanas.

Si Simba al mirarme hubiese podido hablar, quizá habría dicho: «¿Qué hacen esos dos locos? ¿Es normal? ¿Son peligrosos?» Y quizá habría entendido mi respuesta: «¡Qué locos! ¡Qué bonito! ¿Verdad?» Y habríamos seguido hablando de los pájaros, de cuántos hay, de qué diferentes son, de cuántos sonidos hacen, de cómo pueden volar… Porque seguro que todo eso le interesaría a Simba.

Pero, en realidad, él sólo vio que yo sonreía y que estaba tranquila, y así supo que esos dos locos no eran peligrosos, aunque pudiera no ser muy normal ese vuelo acelerado y errático. Y el resto tendrá que aprenderlo observando mucho y aceptando que en la naturaleza las cosas son como son. Que unos vuelan y otros no.

Y los verderones habrían gritado al vernos tan cerca: «¿De dónde han salido estos? ¿Por qué siempre hay gente por el medio?» O algo así… Y quizá habrían reclamado algún tipo de señalización que regulase el paso de gente y de aves. Normas, leyes, sanciones… Pero, como no pueden hablar en palabras humanas, simplemente huyen. Y ya está.

No tienen voz ni voto.

Pero, perciben.

Se asustaron de haber llegado tan cerca de una humana. Me vieron, me sintieron. Yo estaba allí, en su suceso… Formé parte de una escena en la vida ornitológica. La vida humana no era el foco.

Eso es lo que quiero decir. Que lo humano está siempre en el foco de nuestra atención, pero la Vida es múltiple. Y es una maravilla vivir un momento fuera de lo humano…

Dos verderones locos, un perro sorprendido, una humana maravillada. Sin más testigos. (Igual alguna paloma o un estornino opinando desde algún tejado….)

Nadie contándolo en ninguna conversación de pasillo, ni en las noticias de la prensa, ni en los libros de historia, ni en una sesión de terapia…

Pero, el susto, la sorpresa y la admiración sucedieron. Y fueron importantes. Cada uno aprendió algo.

Yo aprendí -o recordé, mejor dicho- que la vida es mucho más amplia, diversa, más completa si el ser humano no es el único centro de atención, y que hay infinitas posibilidades de sorprenderse y maravillarse.

Recordé mi capacidad para sentir a otros seres vivos, no sólo verlos.

Experimenté la mente sin palabras: más rápida, más directa, más viva, más acertada.

¡Qué hermoso el brillo verde de las plumas del pecho de los verderones!

¡Qué linda la mirada de Simba buscando mi respuesta en mi rostro! Su confianza…

Es precioso que exista comunicación entre especies diferentes. Es emocionante. Sin palabras.

Es frustrante intentar explicar todas esas sensaciones y emociones, justamente con palabras. Limitadas, pobres, incompletas.

Escribo, pero considero a la palabra imperfecta. Muy imperfecta.

Y cuanto más vivo, más silencio necesito para entender.

Las palabras vuelan y se enredan y chocan… como dos verderones locos en cualquier mañana de primavera anticipada.

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