¿Qué es comer?

Es el acto de alimentarse para adquirir nutrientes necesarios para mantenernos con vida. Es posible ver en esa definición que no sólo comemos alimentos como tal, porque también son necesarias para mantenernos con vida emociones, vínculos y ritmos. Pero, hoy quiero hablar sólo de la parte literal de «comer comida».

El cerebro humano es tan complejo, está tan patológicamente unido a emociones y a constructos externos, que deja de trabajar para sí mismo. Nuestros pensamientos y razonamientos demasiadas veces trabajan para otros, no para nosotros mismos. Nos convertimos en asalariados esperando recibir el reconocimiento externo. Y en el tema de cómo alimentarnos nos basamos casi siempre en constructos. En ideas, en ideales, en creencias y en dogmas.

No se come para alimentarse a sí mismo, sino para no engordar, o para ganar músculo, o para calmar el hambre. Como lo que está de moda, lo que puedo consumir fácil, lo que sabe bien, lo que hay en la nevera. Lo que se va a comer al restaurante del que todo el mundo habla. Lo que me dicen que es sano. Lo que me dicen que es ético. Lo que me dicen que es justo. Lo que dicen que se necesita a tu edad, en tu estado, en tu etapa. Como un número de veces al día, ya sea una, dos o cinco. Cinco piezas de fruta y verdura. Pescado tres veces por semana. Carne roja tantas veces. Pero no más y no menos. Como esto y estas veces. O como sin control, cualquier cosa a cualquier hora, porque «es lo que me pide el cuerpo».

Voy a diferenciar entre cuándo comemos para alimentarnos y cuándo lo hacemos como actividad social. Voy a hablar sólo del primer caso.

Alimentarse a uno mismo.

Bajo esta premisa, no deberíamos escuchar a nadie más que a nuestro propio cuerpo. Pero, quiero ser práctica y honesta. La humanidad ha observado y estudiado desde hace mucho tiempo qué patrones comunes nos unen como especie, qué necesidades básicas tenemos todos. Puedo fijarme en esa información como base para saber qué necesito. Pero, después hacer MIS ajustes personales.

Por ejemplo. Necesitamos agua. ¿Cuánta? ¿Dos litros al día? La cantidad de agua que YO necesito debería ser capaz de notarla yo. Dependerá de mi edad, mi actividad, la temperatura de ese día, mi estado de salud, y otras variables. Unas veces necesitaré más y otras menos. No tengo que ir con una botella-termo y beber cada media hora un sorbo. (Personas con problemas con la interocepción sí pueden necesitar estrategias así para no deshidratarse, pero no es lo habitual).

La cuestión es que vivimos en una cultura o estilo de vida que nos aparta de nosotros mismos, de escuchar nuestras verdaderas necesidades individuales, y nos dejamos arrastrar por la corriente de lo que se dice que tenemos que hacer, en base a criterios variados.

Incluso en base al manido criterio de adelgazar, lo que le funciona a uno no tiene porqué funcionarle a otro. Lo que es inocuo para uno, puede no serlo para otro y llevarle a déficits y enfermedades.

Cada vez me chirría más escuchar a personas dando consejos o pautas a otros sobre lo que deben comer o no. Incluso con buena intención de evitar la ingesta de tóxicos. Porque el nivel de tolerancia hacia ese tóxico de cada persona individual es distinto. Dando por cierto el dato de que los lácteos sean perjudiciales, porque sean indigestos, lleven hormonas o lo que sea… Cada uno debe ver si le afectan, en qué grado le afectan, cual es su tolerancia antes de notar síntomas (si los tiene), qué porcentaje es tolerable por SU organismo.

Porque, salvo algunos casos concretos, casi nada debería ser rechazado de pleno. El ser humano se caracteriza por la adaptabilidad y la capacidad de utilizar todo tipo de recursos para salir adelante. Si no hay disponible un alimento, el ser humano se las ha ingeniado siempre para obtener los nutrientes que le aportaba por otros medios, aunque tenga que triturar, cocinar, fermentar o modificar del modo que sea el nuevo alimento.

Hace poco vi un video de alguien argumentando en contra de las frutas porque han sido modificadas «genéticamente» desde el inicio de los tiempos (según él) para poder ser consumidas. Algo que consideraba no natural y por ello rechazable. Bueno, la propia naturaleza hace esas modificaciones constantemente. Unas variedades prosperan y otras no. Entre los animales también se han hecho «modificaciones» favoreciendo la crianza de unos y desechando la de otros, por conveniencia. Por otro lado, la carne la cocinamos, porque sino nos resulta indigesta a la mayoría. ¿Es eso «natural»? Pues yo creo que todo lo es, mientras sea un recurso que nos sirva para conseguir alimentarnos y sobrevivir. (Tema a parte son los alimentos transgénicos actuales, cuya necesidad es muy cuestionable: económica no alimentaria, normalmente. Y cuyas implicaciones para la salud, léase supervivencia, no se conocen bien todavía).

Rechazar un grupo de alimentos me parece un error, porque va en contra de la propia capacidad de supervivencia. Pero, estamos tan alejados de la vida natural, tan inmersos en la falacia de las sociedades urbanas (No me refiero sólo a ciudades, con el término «urbano»), que creemos que podemos permitirnos reducir nuestras opciones de aportación de nutrientes. Creo que lo «natural» es acostumbrar al cuerpo a recibir nutrientes variados, y acostumbrar a la mente a escuchar las necesidades reales del PROPIO cuerpo en cada etapa, situación y momento.

Y es eso precisamente lo que tiende a impedirnos la cultura y el estilo de vida actuales.

Cuando di a luz a mi hija, mi cuerpo estaba un poco más llenito (yo no tengo tendencia a engordar, por eso uso este término tan light), más blandito o «fofo». Podría haberme obsesionado con «recuperar» el estándar estético exigido socialmente, pero sentí que mi bebé pequeño y frágil necesitaba esa mínima blandura de mí en esos momentos. Es toda la blandura que mi cuerpo podía darle, dada mi constitución natural, y no tuve ninguna prisa por cambiarla. En esa etapa necesitábamos eso. Más grasa corporal, más calma y quietud (lo que influye en las hormonas que recibiría a través de la leche materna), más líquidos y nada de picantes e irritantes. Mi situación me permitía escucharme, sin prisas ni robos de mi atención. El único límite era mi propia capacidad para entender las señales de mi cuerpo y el de mi hija, y para hacer caso a mi intuición y mi lógica. (No en todo estuve fina).

Comer debe ser un acto de cuidado. La comida debe ser mi mayor aliado. No un castigo, no un enemigo, no un ataque, no una obligación, ni tampoco un descuido.

Las prohibiciones deben responder a límites necesarios para MI cuerpo.

Las apetencias debemos aprender a leerlas con exactitud. ¿De verdad mi cuerpo sabe pedirme concretamente ese snack al que me he vuelto adicto? ¿O sólo me está pidiendo un nutriente que me falta (y puedo conseguir de otra manera más efectiva/sana), un químico que ha enganchado a mi cerebro (pero si afino mi escucha veré que afecta a mi atención, o que perjudica alguna función u órgano de mi cuerpo) sin ningún nombre y apellido? No necesito una tableta de chocolate. Necesito magnesio, incluso quizá también azúcares rápidos en ese momento. Y puedo comer dátiles y almendras, y quedaré igual o mejor saciada.

El cuerpo y las apetencias tienen un lenguaje diferente al del marketing. Tu cerebro traduce la necesidad en términos del sabor que necesita (de forma natural o adquirida -si ya hemos creado una adicción. Quiero decir que no siempre lo que necesita imperiosamente mi cuerpo es algo que le beneficie. Pero, ahí entramos en otro terreno que no es de lo que quería hablar hoy). Y soy yo quien, en base a mi experiencia, traduzco con la imagen del producto que estoy acostumbrada a comer cuando noto esa necesidad. El cuerpo no pide chocolate. Pide lo que saca del chocolate cuando me lo como. Y el chocolate no sólo lleva eso que me está pidiendo el cuerpo, lleva más cosas que no me está pidiendo. Tampoco es el único alimento que me puede aportar lo que me está pidiendo el cuerpo.

Lo ideal sería afinar al máximo la interpretación de lo que necesito y qué alimentos puedo comer para darME exactamente eso. Eso requiere conocimiento de mi mismo y de los recursos alimenticios a mi alcance. (Que si no hay otra cosa a mano, me comeré el chocolate antes de desmayarme, sin miedo a intoxicarme, ni a engordar, ni a ir al infierno).

Un cuerpo adaptable, versátil y modificable según las necesidades; y una mentalidad flexible es todo lo que necesito para vivir en paz y salud. (Alguien dijo que la salud es la paz en el cuerpo). Normalmente se trata de encontrar un equilibrio de escucha entre el cuerpo y la mente. Algunos tienen exceso de cuerpo (apetencias sin analizar) y otros exceso de mente (control basado en constructos mentales, no en un sí mismo global)

Comer es aportar paz al cuerpo y a la mente. La paz es el alimento del alma, y es a ella a quien yo quiero nutrir y hacer crecer.

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