Yo no quiero escribir para los niños sobre ti, porque tengo oscuros sentimientos, oscuras palabras, oscuros recuerdos que sacar en torno a ti, y no quiero volver oscura la infancia, ni quiero tampoco mentir.
Dejemos a un lado lo infantil y al otro lado tus pasos, esa huella negra que aún se apodera de mi garganta, y de todo mi cuerpo en rabia.
Leí la palabra «padre» y supe que no iba a escribirlo. No con esas condiciones.
Mi relato infantil, no es infantil.
No lo es. Y no quiero
adentrarme en el camino
que tus pasos han dejado abierto,
herido,
para siempre. Todo el daño,
oscuro y mudo, ha de quedarse
en la conceptual palabra de un poema
que sólo un ojo adulto entienda,
que sólo la distancia de la edad
tolere,
adivinando lo que no se dice,
pero se hizo, y sin la imagen
asienta ante la confesión
de mi incapacidad de honrarte
en un relato infantil e inocente.
Indefensa
ante el rechazo de mi mano,
y de todo mi ser, de seguirte
de nuevo hasta el infierno de pensarte,
recordarte, revivirte…
y avivar la ardua lucha por
superarte.
Estos son mis pasos
sobre las huellas que dejaste:
dolor, rabia, incomprensión, preguntas…
y un pozo, accesible todavía,
donde ahogarse.
No llevaré a nadie hasta ese pozo.
Ni fingiré saber qué es
el legado de un buen padre.