Quitar dos o tres ramas, algunas hierbas, mover la tierra…

Trabajos de primavera para mantener el jardín.

Ava necesita sentarse y mirarlo.

Ver dónde tiene que limpiar,

dónde tiene que regar, dónde tiene que sembrar.

Verlo claro, sin ruido.

Porque el jardín crece,

se espesa, se densifica y

no toda la energía produce verdor,

no toda la luz es absorbida por la vida,

no todo el tiempo se deja atrapar y florecer.

Mirar sus manos es un recuerdo futuro.

Sentir su vientre, una incógnita;

una flor con días, abierta y ambigua.

Mariposas de alas pesadas,

pájaros de canto dodecafónico,

nubes azules sobre cielo blanco…

Ava, sentada, se extraña.

No encuentra la estructura del jardín.

No sabe.

Por más que mira…

No sabe qué debe hacer en su jardín.

Ava siembra la extrañeza en el centro,

coloca un pie encima y deja

que las diminutas flores de esta nueva planta

le broten por la cara y los brazos.

No sabe, pero la cuida.

Una mariposa se aligera,

un pájaro simplifica su trino,

el cielo azulea,

la mano acaricia el vientre.

Ava es árbol.

Ya no quiere podar ramas.

Sólo quiere aire, agua y luz.

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