Del miedo no hablaremos, sino del motivo.
Nunca hubo red.
Y me acostumbré a subir y bajar la escalera,
a dar vueltas en la plataforma de salida,
a poner sólo un pie en el cable, y retirarlo…
Porque nunca hubo red.
Y sigue estando allá, inaccesible,
lo que hay al otro lado del cable.
Nadie me enseñó
a colocar los pies de forma estable,
ni me dieron pértiga para equilibrarme.
Y la carpa vacía…
Sólo dos o tres personas
mirando cómo subo a la plataforma
y vuelvo a bajar.
Sonriéndome al subir, sonriéndome al bajar.
Asintiendo lentamente al sonreír.
«Qué bien subes. Qué bien bajas».
No hay redes para mí, ni en los ensayos.
No hay nada que mostrar. No hay pasos.
¿Por qué he de creer en la oportunidad?
Está la carpa,
están las escaleras, la plataforma y el cable.
Pero, no hay ninguna red, compadre…
Ninguna ayuda.
Por eso no hay que hablar del miedo,
ni del síndrome.
Sólo de la soledad del pie en el cable
y del abismo insondable.