No me gustan los recuerdos, porque se acumulan.

No es algo que sume, sino que forma montañas irregulares y móviles, como la arena en los desiertos, y nunca sabes cuándo te van a cubrir.

Aparecen sin previo aviso. Estás haciendo algo de tu momento presente, algo cotidiano. De pronto aparece un olor o una canción, o un rayo de sol en un determinado ángulo… y dejas de estar en el presente. El recuerdo se vuelve vívido, ya no tienes la edad que tienes, ni estás a salvo entre la realidad actual, sino que vuelves a tener la inseguridad de la adolescencia, o la fragilidad de la niñez. Y además, con nostalgia o con tristeza.

Un simple olor y de vuelta a aquella infancia atemporal tan cargada de sensaciones, de observaciones, de necesidades… Observaba mucho las cosas y a la gente. Gente que ya no está. Y sus voces resuenan en un espacio alternativo. Y de pronto es otra estación, y hace otra temperatura y todo se detiene dentro de ti, que estás siendo ese recuerdo, mientras el presente sigue avanzando con gente que te habla, o el coche avanzando, o el filete en la sartén… Y tu mirada ausente, tus sentidos ausentes, tu consciencia ausente.

No me gustan los recuerdos que no avisan, que no has buscado. Los que te secuestran bruscamente. No me gusta todo el vacío que evidencian. Son como una lluvia torrencial que se forma con demasiada rapidez, te desborda y luego desaparece dejándolo todo inundado y removido.

Y parece que mi mundo sea el barro. ¡No! Yo estaba bien; tranquila, serena, seca…

Ha sido esa maldita rama moviéndose y haciendo brillar las hojas de una determinada manera, que fue igual hace treinta años en otro árbol, en otra ciudad, en otra época del año, pero… fue así, y he vuelto a vivir todo lo demás.

Esos estímulos, ¿son llaves? Abren puertas. O más bien suelos, porque no hay opción de elegir abrir la puerta o no, directamente caes. El suelo se abre y tú caes en el recuerdo. Y lo miras y lo sientes a la vez.

No me gustan esos recuerdos, porque no los elijo, porque me invaden, porque me desconectan de mi existencia presente. Son intrusivos. Y me dejan a la intemperie, en situaciones que es imposible explicar. Estoy reaccionando a ese recuerdo, no a la realidad. Y ese recuerdo ni lo ve, ni lo siente nadie más que yo. Quizá los demás ni siquiera han notado el detonante (ese olor, esa luz, esa palabra…).

Explicarlo es difícil, me da pereza, en voz alta suena raro. Y decir, «me he acordado de…» es inexacto y escaso. No me he acordado. He revivido, me he ido de la realidad durante un momento. Tú, delante de mi, has desaparecido…

Se acumulan. Como el polvo. Sobre la realidad. Cubriéndola y tapando su superficie.

Los recuerdos intrusivos.

No me gustan.

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