Identidad… 

No hay huellas que me señalen. 

¡Maldito tiempo el perdido! 

Memoria fallida, dormida siempre 

en sonrisas de bondad. 

No debes decir palabras hermosas 

para oídos de otros, 

para otros corazones. 

Cantas, cantas… latido. 

Y yo muda, muda… 

Ellos dicen: Mejor muda que decirlo.

Pero piensan, quizá, y no lo dicen. 

Es el mundo, siempre. 

Identidades para conocerse, 

para ser conocido. 

No serían necesarias 

para entender.

Pero tú no sabes quién eres. 

Y durmiendo no se cura. 

¡Malditos sueños! 

¡Malditos días vividos 

sin haber despertado! 

Vividos donde los ángeles 

vuelan y ríen y dan muerte 

a los demonios más débiles, 

a los demonios que estaban esperando. 

¿Quién los llamó demonios? 

¿Quién los dejó encerrados? 

Ellos, mudos, sentados, 

mirando y esperando.

Les tenían miedo. 

Les soñaban fuertes. 

Llegaron volando y les acorralaron

en su fortaleza-trampa. 

Frío y fuego, frío y fuego, frío y fuego…

Y las rocas de sus manos

se quebraron. 

Ave, fénix, 

renace, crece, 

multiplica tu fortaleza en la espera,

no te sientes de nuevo, 

no te encierres en castillos. 

Te llamaron demonio, 

nombraron Neo-ángel a tus cenizas, 

ángel gris. Gris como el cielo de sus vidas. 

Para eso te querían. 

Para no ver más colores 

que el gris de sus vidas. 

No a la luz, no al arcoíris. 

Te llamaron demonio, blancura mía… 

¡Ni ángel, ni demonio! 

¡Fantasmas de una vida gris! 

¡Ave, grande, esperanza! 

¡Renaces! ¿Qué identidad? 

Ni ángel, ni demonio, 

ni gris, ni arcoíris. 

¡Nadie entiende el lenguaje de mis dedos! 

Bendigo lo que rozo y

maldigo lo que toco. 

Espectro de color, blancura, 

ave libre, ave simple, ligera, una. 

Yo seré tu manto azul de raso. 

En la perfecta lejanía 

ninguna flecha alcanzará 

tu corazón ni tus pulmones. 

Nadie dará muerte 

a las líneas de tus manos. 

¿Cuál será tu nombre? 

Identidad…

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